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Función de teatro



Elena entró en el teatro lánguida y sola porque hace sólo una semana que su novio la dejó.
En la sala  las cómodas sillas unidas unas a otras y  sin numerar. Elena  tiene donde elegir y tímidamente se sienta y a su lado hay una pareja de su edad cogidos de la mano y sonrientes, a la izquierda tiene a una familia completa de padres e hijos, le entra algo de complejo e intenta distraerse con la fotografía del libreto y piensa para sí misma:
  Es guapa María Molins, hasta el sombrero le sienta bien, y Bárbara Granados tiene carita de buena persona y debe de ser una buena pianista ya que es biznieta de Enrique Granados. Espero que empiece pronto la función el público cuchichea de sus cosas y yo no tengo con quien.

Empezó la función enseguida  la actriz, durante toda la hora que duró, con gran gracia y salero interpretó a varios personajes e hizo una crítica con gran talento y humor del uso de las redes sociales en la época en la que vivimos, y de temas más profundos como la xenofobia o el no aceptar a aquel que es diferente a “nosotros”.

Elena se fue olvidando se sus problemas y se introdujo en la magia del teatro y de la música en directo: muchas campanitas en una mesa que tocadas de las manos de Bárbara Granados eran como si cantaran. O copas de vino a las que les acariciaba el borde y sonaba otra melodía de las que Elena disfrutaba como quien disfruta de un manjar.

Al salir, Elena salió tarareando las cancioncillas y medio bailando de camino a su casa.


Maribel Fernández Cabañas






Escribir en Segunda persona.


Ya te lo dije, Raquel, tu hermana te tiene hipnotizada, haces todo lo que ella te manda y ahora que es 

madre soltera, te tiene dominada: Te pide que le compres ropa para la niña, que la lleves de paseo, 

mientras ella está de juerga con unos y con otros y tú has dejado los estudios y te has puesto a 

trabajar de criada en esa casa. Sólo para pagarle a ella las letras del coche y tú, tonta de ti, la complaces.

Ya te lo decía, Raquel: Estás perdiendo tu juventud, incluso a tus amigas. Que haces cosas que no te benefician en nada y total para que, para que ella se case ahora y te deje sola.



Maribel Fernández Cabañas 


Escribir en estilo indirecto

  

La analítica me ha dado muy alta la glucosa en sangre, se han debido de equivocar ─ Le dice Ramón a Alicia, su mujer, que  estaba  en el despacho. Alicia dejó enseguida de trabajar y le preguntó ¿Has  vuelto a dejar medicación?

Ramón callaba y pensaba para sus adentros Si como que yo voy a tomar esa mierda. Ni que yo fuera un enfermo como mi madre que toma diez pastillas al día, además las pastillas son cosa de mujeres. Y he visto en la tele que la mayoría de las enfermedades las inventan las industrias farmacéuticas.

Alicia que ya llevaba nueve años convenciendo a Ramón para que se cuidara y este seguía pasándose en todo y mantenía en secreto su enfermedad con los amigos. Y  el médico estaba cansado de llamarlo para que fuera a las revisiones, sin éxito…

Esta vez pensó en voz baja Ya veo que eres un caso difícil pero como a nuestro querido amigo José ,que es más sensato, le haces caso en todo… Esta vez este asunto no se va a quedar en casa, hoy me voy al barrio de José, que me aprecia mucho, y me ayudará.

Y en voz tranquila y seria le dijo: La diabetes tú ya sabes o deberías saber que es una enfermedad silenciosa.

Alicia en privado le contó muy preocupada todo a José y entonces José empezó a frecuentarlos más.

Venía cada viernes a su casa a tomar el café y una de esas tardes Alicia le enseñó la analítica y la caja de pastillas intacta. Ramón no supo que decir y al cabo de unos días José le confesó que él también era diabético pero controlado  y se fueron  al  médico.
Alicia suspiró por el momento.


Maribel Fernández Cabañas







Mil novecientos noventa y cinco


 El apartamento estaba lleno a rebosar en la avenida principal que daba a la playa más céntrica .Mi tíos, los de la capital, habían alquilado un apartamento grande, por un mes. Y  nos iban invitando a los sobrinos del pueblo por turnos y a las dos titas solteronas del pueblo, divertidas y modernas.

En la semana que estuve yo. Mi tita Alicia me llevaba a la playa al amanecer, paseábamos descalzas y corríamos por la arena en bañador. Nos encantaba ese momento mañanero en el que la arena fina aún no había sido pisada.

 Después de hacer un poco de ejercicio nos dábamos el chapuzón y salíamos del agua fresquitas. De ahí,  nos íbamos a comprar el pan para las tostadas del desayuno del resto de la familia
.
Mis primos de ciudad, eran malos para comer pero les gustaban las tostadas con paté la piara y el vaso de cola- cao. Uno de ellos, Fermín, era un desastre en todo y negado como  estudiante y  mi tía Eulalia no lo dejaba salir hasta que no hiciera los deberes.

No me acuerdo lo que cocinaban pero el caso es que mis tías se organizaban muy bien con la comida y siempre estaba a punto al mediodía, tampoco me acuerdo de quien hacia las camas y de quien lavaba la ropa, pero  todo estaba siempre dispuesto. De  lo que si me acuerdo es de cuánto se divertían mis tíos Ramón y Eulalia y mis titas con otra familia amiga, jugando a las cartas debajo de la sombrilla. Pasaban las horas muertas jugando  y untados de bronceador, mientras  reían y tomaban vinito con aceitunas y gambitas que compraban a los vendedores que se paseaban por la playa a todas horas.

 Daban las tres del mediodía en el reloj de la Catedral y nos íbamos a comer. Mi tío Ramón era el único que dormía siesta, mis titas se ponían a jugar al parchís en la enorme terraza y mi tía Eulalia, gordita y rubia, pasaba el rato ayudando a mi primo Fermín para que acabara los deberes y mientras tanto comían pipas de girasol. Yo  aprovechaba para coger  mi libro del verano” La barraca” de Blasco Ibáñez. Lo recuerdo  un poco triste pero tenía que hacer un trabajo para entregárselo  a la profesora de bachillerato.  Mi tío Ramón, como buen  aficionado a la lectura a veces  me felicitaba cuando me veía leer tan atenta, a pesar de la algarabía, que a ratos, se formaba en el apartamento.

A Mis tíos Ramón y Eulalia cuando estaban solos en su habitación se les oía hablar alto y  discutir acerca del comportamiento de mi primo Fermín,  el que se negaba a hacer los deberes, poniendo excusas que me duele la cabeza, que me duele la mano y sin permiso de ellos se iba y se juntaba con malas compañías y llegaba por la noche cuando todos estábamos ya acabando la cena, unas veces con un brazo roto, otras  con el pantalón hecho girones y alguna vez eran las tantas de la noche y no había vuelto. Nos mandaban a mí y a mi primo mayor a buscarlo. Nosotros recorríamos los alrededores y rara vez lo encontramos.

 Luego llegaba a casa y les contaba una larga historia a sus padres que nosotros oíamos, sabiendo que estaba mintiendo.

Mi tío Ramón se ponía rojo como un tomate y le gritaba a Fermín:

─Así no vas a llegar a ninguna parte, harto me tienes zoquete ¡Interno te voy a mandar!
Dicho esto, encendía un puro y se quedaba un rato hablando solo en la terraza” habrá que ver el niño este, Dios mío dame paciencia”

Y mi tía Eulalia, sin alterarse, le decía:

 ─ Anda hijo acuéstate sin cenar y no hagas enfadar a tu padre
Y nada más, cuando nosotros ya en la cama y escuchándolo todo,  esperábamos un buen pescozón o zapatillazo y verlo llorar.


Maribel Fernández Cabañas




En Puerto Naos


Me gusta despertarme a las seis de la mañana, cuando el día no ha sido tocado por nadie. A esas horas no hay ni ruidos de coche ni de ninguna otra cosa. El mundo está mudo. Y oscuro.
Aunque mientras desayuno─ un trocito de queso y luego un café─, los primeros fulgores del amanecer empiezan a deshilachar el manto de la oscuridad. Enseguida el cuerpo me pide pasear, ir a ver el mar, caminar a buen ritmo por el paseo marítimo, que se muestra solidario, virgen. Ojalá fuera así todo el rato. Es lo que le pega a esta isla tan bonita y ecologista.

La arena de la playa es negra volcánica y contrasta con el blanco del romper de las olas. El sol tarda mucho en salir: De la total oscuridad se pasa un cielo limpio gris- celeste y en cuanto el celeste empieza a dominar sobre el gris, bajo corriendo a dar mi paseo.  A esas horas algunos turistas alemanes ya se me han adelantado y emergen de entre las olas de su primer baño en las frías aguas atlánticas, que yo aún no he probado.

Ya conozco a los paseantes de las ocho de la mañana, son tres hombres que van y vienen varias veces por el corto paseo marítimo y llevan un perrito negro con la correa y van conversando
.
Otra cosa que me llena por completo es poder estar un rato con algunos de mis hermanos hoy he podido disfrutar de un poco de tertulia con mi hermano Jorge y su mujer y luego se ha agregado mi querida hermana Mar, guapa y alegre.

En cuanto a comidas, hay un queso fresco palmero que siempre que vengo aquí es mi delicia. Lo tomo como quien  toma un manjar, me como un cuarto de queso de un bocado.

Al mediodía mi marido y yo nos quedamos cada uno con sus cosas, él con su ordenador y yo con mi siesta, para luego por la tarde seguir con nuestros paseos y tertulias familiares.

 Las puestas de sol son tardías y tienen un anaranjado especial en contraste con la arena negra y el verde oscuro de las palmeras.

 A esas horas es cuando las terrazas se llenas de vecinos que disfrutan de buenas papas arrugás con mojo picón y carne o pescado para cenar.


Maribel Fernández Cabañas



Maribel Fernández Cabañas

Trayecto en tren

Trayecto en tren
Era una tarde calurosa de domingo llevaba tiempo pensando en coger el tren ya que últimamente todo eran trayectos en coche por la ciudad .

 Esta vez quería ir sola con mi tarjeta de metro- bus- Renfe disfrutar de un asiento en un tren y empaparme de todo.

 Con mi mochilita a la espalda me subí al tranvía, poca gente, eran las cinco de la tarde de un domingo, casi no había gente en el tranvía. Me apeé en la estación de Renfe más cercana, la de San Adrián del Besos y ahí un grupo de gitanos se colaron sin pagar.

Yo iba a coger el tren de la costa, me dejaron asombrada. Tanta cara dura no veía a menudo por mis trayectos en ciudad. Iban con el cochecito del niño, los bártulos de la playa (nevera, radio casete, sombrilla) y cruzaron por el paso subterráneo a la otra vía. Hablaban a voces, con lo cual me enteré que iban en dirección contraria a la mía: Yo hacía Badalona, ellos a Hospitalet de Llobregat

En mi anden, había una chica de unos veinticinco años con cara amable y sentada correctamente, le pregunté si esta era la vía para Badalona me dijo que sí y que me bajara en la primera parada. Desde el tren pude ir viendo, pero con otros ojos, sitios a donde había ido en coche con mi marido como el supermercado alcampo o el puente del petróleo o la fábrica de anís el mono. Me sentí segura ante lo conocido.

Tenía la sensación de ser más joven que otras veces. Viajando sola y dejando a la familia en casa. Joven y atenta a todo.

Al bajar del tren saqué mi pequeña cámara de fotos y ahí estaba la fachada típica y restaurada de una estación de trenes de pueblo que era lo que yo iba buscando: Ir a un pueblo, salir de la rutina de la ciudad.

Lo demás fue ir paseando por las calles del centro del pueblo con sus casas con hierbajos en los tejados que me resultaban familiares de cuando se corrían los tejados en mi pueblo. Niños esperando con sus padres en la plaza del ayuntamiento, para disfrutar de una función de teatro al aire libre.
Señoras mayores bien arregladas y tomado el fresco en la calle mayor llena de escaparates y de heladerías. Algunos escaparates mostraban trajes de comunión, otras sandalias de cara al verano, que ya tenemos aquí mismo.
Todo me pareció más a la medida de una persona que no la aglomeración de la gran ciudad.

Volví a casa con el tren lleno de gente que traían las rojeces del sol en su piel y otros la gorra llena de monedas de andar todo el día de pedigüeños y que según iban contabilizando, comentaban en el asiento frente al mío, se las iban a gastar en bebida.


 Y es que de todo tiene que haber en la viña del señor.


Maribel Fernández Cabañas




Un paseo


Que bien me sentó salir de casa. Paseé entre una masa de turistas y autóctonos por las calles abarrotadas, unos llevaban el plano en papel y preguntaban por un punto de la ciudad al que querían llegar, hablaban en inglés, ruso, francés...

Otros con el GPS del móvil iban andando y viendo en la pantalla el Maps Google en el que se veía la imagen virtual del plano de las calles. Algunos parecían conocerse bien la ruta, iban con la botella de whisky a los sitios de marcha del Paseo Marítimo y del Puerto.

Por mi parte lo que buscaba era arquitectura, sabía que cerca estaba el edificio de Correos, también la Basílica de Santa María del Mar y la estación de Francia.

Seguí andando y me adentré por unas estrechas calles ya conocidas.

  Que alegría me dio  comprobar que una desembocaba en la Catedral del Mar, entré y disfruté de todo su esplendor:

 Columnas alrededor de la nave larga y espaciosa, llena de bancos para sentarse a rezar. Silencio. Un oasis de gente ordenada, formal y silenciosa. Un párroco dando misa. El olor a incienso. La cera de las ofrendas y peticiones a los santos. Una mujer joven con  cara amable y sonrisa amistosa me ofreció su mano dándome la paz. Yo se la pasé a los del banco de delante y a los de atrás.

Para terminar, una voz angelical cantaba el  Ave María de Schubert:

                               Ave María
                            Gratia plena
                            María, gratia plena
                            María, gratia plena


Maribel Fernández Cabañas